domingo, 22 de mayo de 2011

Líquido estar











Tan sometido al gesto amargo que se me cae de la cara como una lágrima, hastiado de razones y de conceptos, me martillo los párpados con un picotazo de cuervo, ahogando sentimientos moribundos. Procuro amordazar las conclusiones y equivocar el rumbo hacia ocasiones profanas, en busca de fantasías que se apropien del a menudo, del de vuelta.

La manera es soltarse.
Las certezas se entumecen.
Igual caemos.

Cada sismo de mi vergüenza inseparable, deshonra a la flor que bosteza, despertando en mi horizonte vertical. No me queda más opción que fumar y escribir partituras de desconcierto, de las mujeres que fueron lo que hoy me ocurre, sus diferentes vidas.

Soledad entre la gente.
Mil suspiros.
Ninguna voz.

Se desembarra la transparencia, mientras desenlosada la inmunidad bajo nuestras zapatillas de lona, nos desenseña y desenluta la desvergüenza despeinada desentablándonos los prejuicios, para salir desenterrados, cuando el sol nos saca una foto corriendo, desflecados, desarreglados, desesperadamente libres y desérticos, desertores del destino tirano, destino como papel al tacho y a escribir de nuevo, con poesía desequilibrada que nos desgaje una sonrisa desencajada, desempolvada, desembriagada, desnuda, desembarcada, descubierta, pordiosera, de la calle, desdentada y desmedida, desenredada y dúctil, lacia y de luces rubias,

ruborizadas con una bruta y descuidada simplicidad de antorcha prendiéndose más mientras la vida nos la fuma como a un pucho hasta apagarla.

Apagarla.

Apagarla.

En carencia de caricias prendo un cigarrillo anochecido
y dibujo una cara que no conozco,
que se parezca a una
que conocí.

Cualquier urbana sombra que juegue con mis brazos.
Mis brazos de pájaro pisoteado.
Algo me tiene confundido.
El temor karma del último momento que nos tira al tacho los planes.

Los cigarrillos en la otra habitación. Los encerré.

Me aíslo,
de paso,
de nadie.

De bronca.


De un tirón.


F.R.R.

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