jueves, 23 de enero de 2014

Receta







Esta es, de mis cosas raras, la más rara tal vez de todas. No debe leerse con voz de misterio al estilo Borges cuando en una entrevista cambió su coloquial tartamudo por una voz declamatoria para recitar: “la meta es el olvido...”; sino con voz ida y tremebunda al estilo Fogwill cuando en la publicidad de una reconocida marca de agua teñida su dicción bien colocada pronunció: “¡que vivan los malos poetas!”

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Así, pues, antes de escribir estas líneas, la más rara tal vez de mis cosas raras aunque eso sea a lo mejor discutible, decidí no masticar bajo ningún punto de vista mis impresiones. Tal acción (la de rumiar, digamos) supondría más una espera que una búsqueda lo cual se me antoja un método tardo, insano y farsante. Algunos objetan este tipo de procedimientos por creerlos producto de una carencia intelectual asumida, señores o señoras que pretenden que escritor y pensador debieran ser lo mismo y encogen entonces la palabra a una mera herramienta de la industria multinacional de ideas forzando a la literatura a una conducta filosófica que debe rendir cuentas frente a los hechos del mundo. Pero lo que voy a hacer ahora es deslizar simplemente la pluma (por soslayar los cubitos deformes del teclado informático) y escurrirla en la nada como brocha sobre un lienzo, sin cuidados ni temores. No dejaré de pensar porque tal cosa es imposible, mas los resultados no atosigarán ninguna lógica como sí perseguirán, no obstante, la originalidad del escritor que vengo a ser… Sin hacer nada, pero nada de nada más que observar las constelaciones, aparecieron como una zarza ardiente los tres pilares que aquí detallo:

·                    Escribir lo contrario a la ocurrencia inicial (siempre bajo la ley de la improvisación). De esta forma no incurriré en lo común y corriente de la mente humana —de la mía—; por el contrario, lo que resulte o comience a surgir presumirá originalidad de mi parte.
·                    No forzar una historia. (No anularla, empero, si se llegase a lograr). Significa que no me retrazaré tratando de darla a luz como la mayoría de las veces antes de ponerme a escribir. Es decir, dejar lo propio a la negligencia, destino, suerte, bendición.
·                    Beneplácito de violar los dos puntos anteriores en el momento en que se vislumbre en la inventiva una historia, o ensayo, o cualquier forma o tipo que se haya divisado o dado indicio. Este último es claro, no requiere explicaciones adicionales.

Ignoro la índole de lo que escribiré poniendo en práctica estos patrones, pero que inicie la tarea.

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Ahora son las constelaciones las que me observan. Tengo que negar lo que acabo de decir: La receta. Lo que escriba a partir de sus afirmaciones revelará que la idea final no existió nunca en la inventiva del autor y pondrá en duda su talento.

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Al leerse, verbigracia:

Debajo de la terraza oscura, podía
cubrirme del invierno
que mojaba y congelaba los débiles pastizales…

sabrá el lector que la idea ha sido esta:

Sobre la terraza clara, no podía
cubrirme del verano
que secaba e incendiaba los fuertes pastizales…

El segundo pilar es el único que tiene la característica de ser, digamos, intocable, puesto que propone la no necesaria intención de una historia, pero no la prohíbe, por lo cual, ante este punto, el lector será indiferente, simplemente leerá. Quizá, incluso, el segundo pilar debiera ser expuesto para engrandecer al escritor, porque tienta al lector a volver sobre el texto con mayor cuidado cualquiera sea el método (con o sin el primer pilar).
En cuanto al tercer punto, su presencia —antes del texto— es inútil; a nadie le interesará en qué momento dilucidó el escritor la posibilidad de volcar el principio a un nudo no previsto y a un desenlace impensado. Tampoco le importará que el cambio de rumbo y anulación de las dos primeras pautas se haya llevado a cabo si nunca ha sabido de la existencia del primero —si éste no es develado—...

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Acabo de darme cuenta: en realidad la receta completa no lo descubre todo sino sólo el pilar número uno. Usted se habrá dado cuenta de que se hubiese ahorrado tanta charlatanería no promulgando el mismo.

Usted tiene razón.

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Usted habrá notado que no tengo nada para contar cuyo contenido sea de interés.

Tiene usted razón.

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Acaso esta sinceridad absurda fastidie y geste un desdén implacable hacia lo que está leyendo.

Tiene razón. Usted.

Yo, desde mi raro lugar de constelaciones, me animo y les arrojo virtualmente una receta (las hay para todo) que alguno ¡seguro! se verá tentado a usufructuar del mismo modo usufructuante en que tantos literatos usufructuaron los juegos que las vanguardias en busca del poema supieron arrojarles, no me refiero al cadáver exquisito cuyo ingenio se asienta en una ronda de participantes, para participantes en este texto tengo a Jorge Luis y a Rodolfo Quique, sino me refiero más bien al otro juego íntimo, el dadaísta, del periódico y las tijeras recortando palabras concienzudamente aunque el vulgo no lo comprenda. Alguno agradecerá esta diminuta receta y alguno querrá olvidarla puesto que ¡ya lo dijo Borges aquí al comienzo! o porque no concuerde con el tremebundo Fogwill colocado, a pesar de su voz.



F.R.R. 



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