martes, 15 de febrero de 2011

La aparición







Fue anocheciendo en el monte, pronto, con la puntualidad de los astros. El hombre dormía cuando la ráfaga tenue de un viento cardinal que nadie podrá precisar comenzó a soplar. Su aliento se escabullía entre los árboles del bosque que lo ocultaba. Algún ruido, propio del idioma de las aves, habrá participado del suceso. Éso, o algo parecido, lo despertó. Al reincorporarse, después de fregarse los ojos, tanteó el indescifrable color del suelo, y no halló la humedad del rocío. Al levantar la vista vio la noche. Sintió una fragancia exquisita que se divulgaba como la tiniebla. Dejándose llevar se tendió en el suelo, nuevamente, a mirar la luna.
Entonces aconteció una cosa:
Mientras las estrellas gritaban su nitidez de chispa, tres fulgores rojos se atravesaron lenta y constantemente. Era un avión pero él no sabía, era la primera vez que aquello asomaba en el cielo de su selva. Perturbado porque la aparición era innegable, se sentó a mirar, y advirtió que aquello no emitía ningún sonido apreciable desde donde él estaba. Pensó que no viviría lo suficiente para saber qué era. 
Muchas fueron las noches de vigilia que este episodio le causó, aunque nunca repitió la travesía de apartarse de los suyos en la noche, porque era respetuoso con el miedo y hacerlo le parecía insolente y peligroso. Los años no le proporcionaron el olvido pero le otorgaron la voluntad de descuidar y ser feliz de todas formas. Sin embargo, en los días del ocaso, con el atrevimiento que da a algunas personas el paso de los años, se permitió rememorar el suceso. No se esforzó en adivinar la naturaleza de aquel milagro. Reclinado, decrépito y taciturno, pensaba (no con estas palabras): ‹‹De haber seguido durmiendo, no lo hubiera visto››.


F.R.R

Defensa ante sobrevivientes


… en la memoria de los hombres
  (…) a lo mejor está el cielo…






Agradecerle la vida a mi creador es una idea absurda. Todos debemos vivir lo que se ha escrito, no se ha consultado ningún pormenor con nosotros. No tenemos ni la voluntad de ajustarnos a las circunstancias, sufrimos la predestinación. Si tuviera frente a mí al que me condicionó a esta existencia perpetua y redundante lo mínimo que haría sería homicida. Daría más motivos, si es que faltan, para vivir y morir tras las rejas, justificaría aún más a los que me persiguen. Pero nunca vamos a encontrarnos si él no lo decide, Él, mi “padre”, mi creador. Lo que hago y pienso son hechura suya.
Escuché que hay mundos paradisíacos que la imaginación creadora ha forjado y, lo que es mejor, con destinos codiciables, dignos de ser vividos. Hay personas que conocen la felicidad y hay, por ejemplo, quienes han sido bárbaros y se han mutilado y martirizado unos a otros. Hay asesinos y occisos, sabios y dementes, ricos y pobres, personas amantes y personas amadas. Hay niños y niñas que jamás serán hombres y mujeres, hay viejos sin más tarea que esperar la muerte que no les llegará nunca (yo nunca termino de morir). En este universo no hay tiempo que fluya indiferente a todo y a todos, aunque se diga tres de febrero de mil novecientos treinta y nueve, o seis de julio de un año cualquiera, son fechas que emergen en la realidad  de otro calendario, con otro sol y luna propios, otras estrellas, otro aire y otra lluvia. Tiempo y espacio están suspendidos en este confín excluido, ínfimo, compacto, apartado, activado y desactivado a voluntad de los que habitan esa realidad que nos es ajena a los de acá —aunque hay múltiples maneras de concebir el tiempo—, parece que necesitan muchas vidas para aprender algunas cosas, por eso existimos nosotros, como ensayo, víctimas delírium, diagramada locura, imágenes sin alma… ¿Vive Faustine? ¿Vivo yo?
Conocí la historia de algunos, hijos del mismo creador, entre los cuales se encuentra un tal Gregorio Samsa cuya historia llegó a quitarme el sueño durante varias noches. Él es uno de tantos otros a quienes la mente hacedora ha fundado todo tipo de dolencias y desintegraciones.
También existen los afortunados, aunque parcialmente. Me enteré de un hombre a quien es válido decir que se le ha dado el universo; se llama Borges. Me han llamado mucho la atención las coincidencias que tenemos con él: tanto su historia como la entrañable amistad entre nuestros creadores, por esto último supe de Borges. Me han dicho que él y su creador tienen el mismo nombre.
A ambos se nos ha deparado amar a mujeres cuyas muertes han impedido que, por lo menos, intentásemos conquistarlas; sin embargo, hemos mantenido cierto vínculo con ellas a través de terceros que, tanto Borges como yo, hemos desestimado, por decirlo así. El tercero en su historia le ha mostrado un prodigio, una novedad que éste halló en su sótano y que sólo convida a Borges por confesarle el miedo que tiene de perderlo. Borges le oculta el agradecimiento que siente por aquella revelación y a pesar de la pérdida inicial asume su destino con ojos positivos. No vitupera su propio nombre, que es también el de su creador, esta es su ventura y la diferencia entre nosotros.
A mí también me fue revelado un prodigio por un tercero que desprecio y a quien le debo la purificación que su invento me concede: los que me buscan ya no podrán encerrarme en la cárcel, me nacen el odio y el agradecimiento a la vez. Además, tanto los ojos de Borges como los míos han podido burlarse de la muerte al haber contemplado las póstumas caras de Beatriz y Faustine en los portales que estos hombres descubrieron. La invención de Morel me ha dado y quitado a Faustine; ahora, de a poco, me borra también a mí (pero nunca termina el proceso).
Escribo esta Defensa ante sobrevivientes a quienes sólo saben de nosotros lo que nuestros creadores han querido que sepan. Un grito inútil, sospecho, y admito el enigma que encierra este discurso: no existe por dictamen de mi inventor.

                                                                                       
F.R.R.

Locomoción








Una hormiguita te va trepando por el codo, llega al antebrazo y sin que te enteres una segunda se te trepa por el dedo gordo del pie, otra te está haciendo cosquillas deslizándose desde el parietal izquierdo hasta el cuello acaparando toda tu atención así que de un manotazo la tirás al suelo y agitás la cabeza, zarandeás el cuello, los hombros, los brazos, por las dudas, porque aunque ya no está permanece un estremecimiento que te hace ver que tenés más hormiguitas por todos lados que, regocijadas, cándidas, se te suben y te recorren las coyunturas, no te pican pero te estremecen a más no poder, tanto, que la codicia por una ducha para sacártelas de encima te paraliza, te ahoga, te corta la respiración y las hormigas son bien chiquitas y sólo te producen un repugnante cosquilleo por lo cual con ambas manos, encolerizado, sacado de quicio, como un loco, te restregás el cuerpo en un arrebato y un furor que descuida siempre alguna parte porque las manos no son una ducha y no dan abasto para sacártelas todas al mismo tiempo y de una sola vez, sacando las que están en los hombros al tiempo que se te suben otras por las piernas y por los muslos desmantelados, por los pies descalzos y por los tobillos; cuando tirás las de un brazo y querés derribar a las otras de más abajo y ya tenés millones en los hombros otra vez viniendo como lo hacen siempre, con la mayor inclemencia, desde la espalda que ya está cubierta de nuevo; raro es que sientas especialmente a tres que no sabés que son tres pero que te acarician el pecho y vos a punto de liberar un poderoso y enérgico grito, pero no, porque te das cuenta que mejor empezás a escupir cometiendo ese torpe y típico sonido que hacen todos cuando sienten un pelo pegado en la lengua; ojalá fuese un simple pelo muerto y no un montón de hormigas vivas del tamaño del azúcar cada una, azúcar negra, amarga o salada, mejor no saberlo, mejor escupir, estorbarles el paso hundiéndose en las comisuras de tus labios, bajando y subiendo y vos que escupís y zapateás y te frotás con las manos y los pies y cerrás los ojos y sentís los pasitos caminándote, eludiendo las trabas que tus párpados agrietados están haciendo a las incontables patitas que ya recorren el tabique, a punto de encontrar las fosas nasales; te vas preparando; están llegando, a punto de dar la vueltita hacia abajo y meterse en tu nariz… y soplás y soplás con tanta fuerza que tirás a ésas con las que estaban en la boca y en el mentón y a unas cuantas del pecho y seguís soplando mientras insultás en tu mente gruñendo como un cerdo sabiendo que hay cientos miles millones billones que inmediatamente relevan a las caídas y seguís soplando y escupiendo y gritando en tu cabeza, con todo tu sistema nervioso, lo que no podés gritar con la voz; y ocurre lo que faltaba, lo que era de esperarse: un murmullo, un susurro de antenitas y patitas roñosas emitiendo una viscosa resonancia en el oído, han encontrado el último orificio despoblado investigando desde el lóbulo y el sendero espiral de tu oreja las curvas que desembocan en el centro hasta tocar fondo, van entrando una detrás de la otra en fila marcial a la cueva que termina en tus tímpanos; es una ventaja que los tímpanos estén ahí taponando el paso o de lo contrario tendrías muy pronto hormiguitas en ambos hemisferios del cerebro.


F.R.R.