Fue anocheciendo en el monte, pronto, con la puntualidad de los astros. El hombre dormía cuando la ráfaga tenue de un viento cardinal que nadie podrá precisar comenzó a soplar. Su aliento se escabullía entre los árboles del bosque que lo ocultaba. Algún ruido, propio del idioma de las aves, habrá participado del suceso. Éso, o algo parecido, lo despertó. Al reincorporarse, después de fregarse los ojos, tanteó el indescifrable color del suelo, y no halló la humedad del rocío. Al levantar la vista vio la noche. Sintió una fragancia exquisita que se divulgaba como la tiniebla. Dejándose llevar se tendió en el suelo, nuevamente, a mirar la luna.
Entonces aconteció una cosa:
Mientras las estrellas gritaban su nitidez de chispa, tres fulgores rojos se atravesaron lenta y constantemente. Era un avión pero él no sabía, era la primera vez que aquello asomaba en el cielo de su selva. Perturbado porque la aparición era innegable, se sentó a mirar, y advirtió que aquello no emitía ningún sonido apreciable desde donde él estaba. Pensó que no viviría lo suficiente para saber qué era.
Muchas fueron las noches de vigilia que este episodio le causó, aunque nunca repitió la travesía de apartarse de los suyos en la noche, porque era respetuoso con el miedo y hacerlo le parecía insolente y peligroso. Los años no le proporcionaron el olvido pero le otorgaron la voluntad de descuidar y ser feliz de todas formas. Sin embargo, en los días del ocaso, con el atrevimiento que da a algunas personas el paso de los años, se permitió rememorar el suceso. No se esforzó en adivinar la naturaleza de aquel milagro. Reclinado, decrépito y taciturno, pensaba (no con estas palabras): ‹‹De haber seguido durmiendo, no lo hubiera visto››.
Muchas fueron las noches de vigilia que este episodio le causó, aunque nunca repitió la travesía de apartarse de los suyos en la noche, porque era respetuoso con el miedo y hacerlo le parecía insolente y peligroso. Los años no le proporcionaron el olvido pero le otorgaron la voluntad de descuidar y ser feliz de todas formas. Sin embargo, en los días del ocaso, con el atrevimiento que da a algunas personas el paso de los años, se permitió rememorar el suceso. No se esforzó en adivinar la naturaleza de aquel milagro. Reclinado, decrépito y taciturno, pensaba (no con estas palabras): ‹‹De haber seguido durmiendo, no lo hubiera visto››.
F.R.R