jueves, 23 de enero de 2014

Manos secas












No sé cuándo (o me niego a recordar) comenzaron mis manos a secarse aunque sí afirmo que no le di demasiada importancia en ese momento. Tampoco hubiese servido. Ahora ya está. Apenas logro agarrar (y ser conciente de que agarro) la lapicera para escribir estas líneas defectuosas. Ya no tengo tacto. No tengo humedad en la piel. Los objetos resbalan de mis dedos de cal sin yo sentir cuando resbalan, pero viendo que resbalan, mientras un estremecimiento ineludible me pone la piel de gallina y me eriza los pelos de la nuca y de los brazos con un ambiguo escalofrío hacia la espina dorsal. He intentado hasta el hartazgo con cremas y ungüentos de clases diversas y no faltaron allegados que me recomendaran esto, aquello y lo otro (todo inútil) ni quienes evocaran casos de su conocimiento supuestamente idénticos al mío… Fui a clínicas renombradas con laboratorios dermatológicos, le pagué dinero que no tenía a agoreros, a brujos (chantas todos), apliqué recetas de abuela a base de aceite de cocina y azúcar, conseguí hojas de aloe vera y de otras plantas, e intenté dejar de pensar. Lo intenté. Pero después pensé, que cada cierto tiempo, nos topamos con realidades que establecen una antítesis a nuestra experiencia previa. Según los cojones o la curiosidad que tenga cada quien, cada quien atraviesa su crisis hasta sacarle un sentido al apremio. Se llama cristalizar experiencias y se hace poniendo en práctica la lección vital que bien explica el tango ensamblado en mis sesos: “¡primero hay que saber sufrir!”, sufrir lo que dure la cosa, hasta volver cliché lo novedoso que nos quita el sueño, animarse a sufrirlo hasta tenerlo de amigo y cerrarle el pico a esa voz tortuosa para “al fin andar sin pensamiento”. ¡Curtirse! ¡Éso es cristalizar experiencias! Es tener calle (y el entorno que también hace lo suyo). Calle y vereda (porque según los vínculos uno avanza o retrocede). Avanza, retrocede y se estanca en discursos empantanados de elucubraciones como estas a las que me condujo la falta de tacto… Es muy difícil pensar cosas inteligentes.

¿Enfrento la realidad sin pensamiento… o elijo qué pensar? ¿Es posible pensar sin oler, sin degustar o sin tocar? Compruebo bastante a menudo que ni el espíritu más humanitario se detiene a pensar por un segundo que mi padecimiento acarrea una serie de males sutiles que lesionan mi integridad y mi honor aparte de la evidente necesidad utilitaria ya suficientemente inobjetable. Una de esas sutilidades es no poder tocar, pero tocar verdaderamente, a la mujer que quiero y que amo (no siempre se dan las dos cosas juntas). Estoy casi seguro de que ella también me quiere y me ama y durante nuestros arrebatos amatorios me ordena que la toque... pero a  mí me angustia hacerlo porque dicha acción es un contacto inorgánico que no podría capturar su piel con la palma codiciosa de apretar húmedamente para disminuir el ímpetu luego, como distraído, como desajustando cuerdas la tensión de los nudillos y dejándolos caer descubriendo milímetro a milímetro todo su cuerpo acariciado, lo mismo que una lengua acaricia con su tacto las texturas yo quisiera que las yemas de mis dedos fueran como cinco lenguas cuando estoy con ella… Es desesperante. Me mortifico mucho por esto y ella lo sabe. Días atrás me dio a entender que yo exagero un poco (se dice: no enroscarse; se dice: no hacerse la cabeza; se dice: relajarse) y yo me quedé exageradamente callado porque me pareció una exageración decirle que me entristece todo lo que me aleje de ella… Entonces los dos nos quedamos callados sospechando que ninguno de los dos quería que nos quedáramos callados completamente ya que es espantoso el silencio de una persona cuando la queremos... Pero en ese momento me quise abandonar (aunque parezca exagerado) creyendo haber adquirido una inteligencia emocional más o menos digna y madura aunque necesitara que me escondieran las uñas para no devorarlas como un adicto microsuicida... Pero es muy difícil sentir de un modo inteligente. En ocasiones es más práctico deprimirse ante las sinrazones del corazón cuando nos hacen sentir tan pero tan cursis… yo en aquel momento quise esconderme en una noche a la que nadie pudiese entrar sin mi permiso y ponerme a llorar. La gente se enamora de la mejor forma que puede, no es que sea mala...  

Además no es a mi mujer solamente que me gusta acariciar…

Me gusta acariciar mis libros igual que Bolaño…

Me gustan los pulgares vehementes en el interior oculto de los párpados, como si quisiera sacarme los ojos para archivarlos cuando despierto… 

Me gusta el movimiento maravilloso de dedos contra dedos acolchonadamente oprimidos al cerrar el puño... 

¿No habrá por ahí un Cristo para sanarme con su magia como al tipo de la Biblia?
He visitado a los especialistas, a los profesionales más diversos y no he logrado resultados a mi problema, sólo he sido provisto de diagnósticos tan divergentes y engañosos como las ideas, los conceptos, los proyectos, las teorías… todas perecen… no obstante, todas, tengan la utilidad de sacarnos de a ratos de la incertidumbre, a lo mejor son como treguas, pensamientos que en ciertos casos nos calman pero que jamás curan con las tediosas y fascinantes preguntas que lo hacen todo complejo. La que mi desgracia ahora me dicta: ¿De los sentidos del hombre cuál es el más prescindible? Diríamos, sin pensarlo, como si cayese de maduro como la manzana de Newton, que ninguno. Para pensarlo a la inversa, no son pocos los que estarían tentados a otorgarle mayor importancia a la vista, a la audición y nos figuraríamos que la mudez es un espanto pero… ¿quién ha pensado genuinamente en el gusto, en el olfato o en el tacto… que anhelo ahora con tanto ahínco? ¿No nos otorgan los sentidos una memoria y a lo mejor una nostalgia, ya que no la verdad de las cosas (diría Descartes)? ¿No hubo libros que fueron, primeramente, el olor del papel, el olor de la tinta que auspiciaba una leyenda e incitaba a una ansiedad infantil a sumergirse en aquel incierto viaje? ¿No hubo acaso una canción en la que se haya quedado atrapado un tiempo vivido que ¡olía! distinto? (Casi puedo olerlo después de tantos años, pero sólo casi y sólo a veces…) Bien podría un hombre común y corriente de cualquier parte con la edad de medio siglo encima, ante cierta combinación de acordes que efectuaran cuatro tipejos versátiles oriundos de Liverpool, dejarse llevar por las reminiscencias que afloran acaso de todo el rock de aquellos años o por el único y neto recuerdo de los hippies o el movimiento antiimperialista, el amor libre o la marihuana, la juventud contestataria o psicodélica o del mundo, la juventud del mundo, sí, mejor, predicando con barricadas y graffitis que rezan “seamos realistas: pidamos lo imposible” u otra sombra que el hombre de cinco décadas que imaginamos vislumbra a través de aquel tiempo dorado extinto y reflexiona para sí mismo: “qué época viví, y en aquel momento no lo sabía…”

¿Cómo ser totalmente nosotros si se nos arrebata un don con el que hemos nacido y con el que hemos transcurrido durante un considerable tramo de la vida? Que sea un don ya no nos importa una vez que nos lo apropiamos... nace el dolor de haberlo perdido. Es lo que adoptamos como creencia, sea apócrifo o verdadero, lo que nos da sentimientos y conductas. Sobrevaloramos lo que nos importa y sobrevaloramos la pérdida de lo que nos importa y lo que nos importa nos impulsa a expresarnos de la forma que sea, aunque no tengamos nada inteligente para decir. Es muy difícil tener algo inteligente para decir. Cuando aparecen, las ideas tienen mucha fuerza, pero el paso del tiempo las vuelve medio ocres, hay que saber qué conviene decir pero también cuándo… y dónde y a quién… 

Aparecen en la mente cosas absurdas, me refiero a este momento (la sordera de Beethoven y la ceguera de Borges o la oreja de Vincent por la habitacioncita chorreando a sus botas puestas y a los girasoles...) absurdas cosas que más vale no confesarlas o se echaría a perder este existencialismo de pantalón corto y ojotas que podría finalizar con el recuerdo de una tarde en la que discutí con alguien que confrontaba su fluir dionisíaco contra mis estructuras apolíneas: (Yo me le plantaba intransigente porque en verdad por aquellos días, en secreto, consideraba muy en serio volcarme a la locura y quise estar bien seguro ¡antes! de hundirme en mi ocaso). Estuvimos varias horas así, hasta que cansada esta persona de discutirme, sin lograr la admisión más mínima de mi parte, me dijo rozagante y sin arrogancias: “yo creo lo que me conviene”. Y no discutimos más.
Ojalá pudiese creer, uno de estos días, que aún tienen mis manos su virtud natal.  


F.R.R.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Esperando







Guardo esta creencia obstinada en un baúl.

Mi bohemia encariñada a un refugio infame.

Un coraje equilibrista caminando mis grietas.

Una casa prestada mientras encuentro la mía.



F.R.R.

domingo, 24 de julio de 2011

Insomnio







un viento espeso trae silencios
entre la tiniebla y las garras de un árbol

un frío abundante endurece la noche
y cruza mi ventana el cadáver de un astro

siento un cigarrillo prendido adentro
lo enciende una llama que ignoro


F.R.R.

Mendigo










Barbudo estoico de destrezas cadáveres,
pudiste haber sido el tumulto que te entierra.

Muñeco sin insignias,
sin prójimo ni afanes,
tu mano desde el piso se levanta
como la cola amputada de una lagartija inmóvil.

Marioneta alcantarilla de cordones enredados
pudiste haber sido yo
y mirarte y ser Pilatos.





F.R.R.

Los lobos y Leviatán










Discutíamos el barrio, lo que nos llevó a discutir el país, lo que nos llevó a discutir el mundo. Hablábamos más ocupados en evitar motes que en sostener posturas, cuando se dijeron estas situaciones: 
<<Un hombre pudiente da de lo suyo a otro. El beneficiado siente tanto agradecimiento, que toma en el interior de su espíritu la determinación de dar la vida por aquel hombre si llegara a ser preciso (hay quienes ante un acto de generosidad que no reciben con frecuencia sienten de esta manera sencilla y entrañable), procurándose asimismo una causa noble que no tenía.

>>En un equivalente segundo caso, el ayudado cae en la cuenta de todas las cosas de las que carece, reflexiona sobre esa injusticia y exige más.

>>En un tercer caso, el favorecido, con el mismo agradecimiento del hombre del primer ejemplo, considera que tiene ante sí una oportunidad de progresar y se las ingenia para hacer fructificar la donación>>.

Hubo otras variaciones pero las que nos importaron fueron éstas. Ignorábamos si en cada caso la ayuda era recta y honrada como ignorábamos cuál postura en respuesta era la más justa y favorable a los hombres. Estuvimos de acuerdo en que los procedimientos de la lógica y de la moraleja simplifican la realidad y, aunque nadie lo confesó, supimos que la única verdad era el íntimo sentimiento que cada caso nos provocaba.




F.R.R.







lunes, 13 de junio de 2011

Celeridad









Obertura en el cielo.
                           La música inicia…

La luz me camina la cara con pantuflas vacías, me camina descalza o con medias de seda. Mis codos apoyados aplastan su propia sombra, la estampan contra la mesa como a un mosquito.

Encuentro en la ventana el reflejo de mis pómulos y advierto el respiro leve de las cortinas divorciadas. Suave y eterno el silencio se va, sin huellas, discreto y lejos.

El desgano que da la calma…

La música entra y sale, como el sol. El sol de salida reseca la lluvia, incendia el horizonte con matices de manzana.

El reloj me grita y sangra el ocio de fastidio. La tregua eclipsada deja amargo el paladar.
Angustia de ventana fotografiando la lluvia, o de tinta acurrucada murmurando en un papel.
   
Especulaciones a mitad de camino cruzando la calle, doblando en la esquina y llegando a otra cuadra de veredas viejas.
      
                                       Movimiento paria de un alma de vidrio... preguntas de ir… de estar y de ser… ojos entreabiertos en mis caras cerradas.

Percusión de fuego que azota a la tierra, despedazándola como a una alcancía.
Cataratas de oro que gritan hasta la mudez,
y hasta ser en voz baja un arroyo sediento…

Grillos que chocan contra el acero de las plantas,
savia que se cae como aceite de un árbol…

música vital que jamás termina, desafío indefectible y fatal de zumbidos (zumbido de Novena en el cerebro de Beethoven), alucinación filarmónica que silva la voz del viento, un llanto de lobo a la luna llena, llena la luna de llanto lírico de lobo sin lágrimas y al final como latidos el paso de las agujas que prenden a cada compás las lumbreras incontables.


F.R.R.

En expansión






Un escape del sol que nos persigue rodando a lo largo de sombras que se desmayan como una capa cayendo y vemos a una levantarse ignorando los hilos que se destejen detrás...

No aparece nítido el causante, de una vez por todas su totalidad, las entrañas homínidas o la causa y defecto, ese infortunio que se reinventa postrando rodillas...

Postrándolas a sus mentiras a sus placeres a sus pulsiones a sus caprichos a sus antojos, a sus odios, asustados... sin ver los destrozos y entrelazando las manos en una súplica de arbitrios que lo absorben con todo el ruido de las noches a medias...



F.R.R.